Por Gustavo Fonseca
En países conocidos por sus atractivos turísticos, como Japón, Chile o Argentina, entre otros, y que nos servirán de ejemplo en este comentario, resultan increíbles, o por lo menos muy innovadores, alguno sitios seleccionados como objetos de turismo por los expertos en el mercadeo del ocio y los diseños de planes que elaboran con aquellos sitios. Aparte de los paisajes,encuentran muchas “atracciones” turísticas, que les dan excelentes resultados. Ya veremos.
Que lo lleven a uno a conocer fábricas de ron o de puros en La Habana u otras ciudades de Cuba, resulta obvio para el extranjero, pues este país es famoso por estos dos productos. Pero que lo inviten a conocer una venta de pescado, un mercado, o un cementerio “más”, parecería no tener ninguna gracia. Sin embargo, algo va de la simple mención de estos sitios como objetos de turismo, a lo que realmente se ve, se utiliza y se explota, en términos del mercado turístico.
En alguna visita a la ciudad de Matanzas, Cuba, nos hablaba un guía acerca de los bucaneros, aquellos piratas que eran servidos por antiguos colegas suyos quienes habían decidido armar su hogar en algunas de las islas del Caribe, hacia el siglo 16, principalmente en La Española, hoy Haití y República Dominicana, para lo cual se casaban con una nativa y formaban un hogar, en términos generales.[1] Su problema, decía el guía, acostumbrados a ganar dinero, u oro u otros artículos de valor, y a pesar de que en aquellos paraísos naturales no necesitaran de dinero alguno, tenían que ingeniárselas para comprar “cosas” que necesitaban y que las adquirían de los buques que cruzaban el Caribe, muchos de ellos de bucaneros o filibusteros o piratas simplemente.
Bucanero proviene de una palabra caribe, bucán, que designa, entre otras, a la carne de cerdo salvaje ahumada que consumían de siglos atrás los habitantes de las islas. Pues bien, estos piratas “reformados” lograron crear un intercambio económico vendiéndoles bucán, que ellos mismos elaboraban, a colegas piratas que necesitaban descansar o reparar sus naves en las playas. Con el tiempo, a estos piratas que consumían su bucán, comenzaron a llamarles bucaneros, en vez de llamar así a los piratas en uso de buen retiro que producían el bucán. Gradualmente, como sucede en cualquier latitud del mundo, los fabricantes de bucán decidieron ampliar su negocio ofreciéndoles a los bucaneros, filibusteros y demás rufianes de paso servicios complementarios, como mujeres; aprendieron a fabricar licores mejorados a partir de recetas de los aborígenes, incorporaron tecnologías europeas a estos y sacaron a sus mercados el ron caribe. Eran unos expertos en mercadeo: auscultaban las necesidades de sus consumidores y producían exactamente lo que los satisficiera. Y por supuesto, supliese sus necesidades.
El cuento del nacimiento del bucán y los bucaneros que tantos males hicieron en las costas caribes, ilustra una necesidad del mercado y estrategias de producción y mercadeo para satisfacerla. Sin embargo, la historia de cementerios y ventas de pescado no se ajusta a satisfacer deseos de turistas ni a copar un renglón de la economía necesario: aparece solamente por el ingenio de los expertos en mercadeo.
En Tokio, tal vez la metrópolis más moderna y cosmopolita del planeta, después de Nueva York, existe un mercado de pescado, verduras y otras comidas, utensilios de cocina japonesa, etc., donde se transan más de 700.000 toneladas de comida de mar al año, por un valor aproximado de 600.000 millones de yenes (¥1 = COP 19)[2]. Dicho mercado, llamado Tsukiji, ¡abre a las 3:00 a.m.! y si el turista no se quiere perder los remates que allí se realizan, debe estar antes de las 3:30 a.m. allí. Después de las 6:00 a.m. aún se pueden comprar comidas, utensilios, e inclusive desayunar allí. Pero una madrugada de esas por estar en unas ventas de pescado, en un idioma que el 99% de los turistas no entiende, es un poco incomprensible para cualquiera. No obstante, Tsukiji está lleno de turistas todos los días del año, a punto que ya los comerciantes quieren que se regule su presencia allí.
Otro sitio turístico lo constituye el Cementerio de Recoleta[3] de la ciudad de Buenos Aires. En aquella metrópoli latina hay miles de lugares para visitar, ¡pero un cementerio!, que ni siquiera tiene los mármoles del de La Habana, no es suntuoso como los europeos, no es atractivo como los budistas de Japón y otros países orientales, ¿Por qué visitarlo? Aparentemente no se hace porque allí esté la tumba de Evita Perón. No es un sitio feo, pero tampoco es lindo. Eso sí, es muy similar a cualquier otro cementerio católico: mausoleos y tumbas, nombres, uno que otro conocido, ilustres difuntos desconocidos para la mayoría de los visitantes. Sin embargo, no puede faltar en ningún plan turístico de Buenos Aires. Como tampoco puede faltar el Mercado de Mapocho en Santiago, con sus restaurantes populares, carísimos por cierto, con mucha comida de mar, eso sí, pero que se podría consumir en sitios más bonitos, mejor ubicados, que le hagan al turista el día mucho más agradable. Sin embargo, estos tres sitios, sin haber visto una sola pintura o alusión a algo como los bucaneros o el bucán, dejan al año millones de dólares en ingresos, porque los expertos en mercadeo los han sabido mercadear.
[1] Esta narración, de seguro, tiene sus imprecisiones históricas, no obstante ilustra lo que realmente sucedió.
[2] McCurry, Justin (5 December 2008). "Tokyo catch: Fish market bars tourists". The Guardian. Retrieved 17 February 2009







